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“Me fui a informar sobre los países de África porque no entendía qué pasaba allí. Ahora, lo que no entiendo es lo que pasa aquí”

La ganadora del XIII Premio Miguel Gil de Periodismo rompe el tipo de los premiados hasta ahora. Es una mujer joven que atesora las cualidades del mejor periodismo en apenas diez años de carrera. A la vista, no cumple con ninguno de los tópicos que se asocian al reporterismo aguerrido, pero su paso por los destinos más difíciles de África (y sus “descansos” a bordo de una moto por el desierto) la convierten en una voz autorizada. Y comprometida.

En tu web dices de ti misma: “Viajo despacio y siempre vuelvo”. ¿Por qué vuelves?
Porque siempre siento que no tengo suficiente tiempo para terminar las historias. Soy muy lenta en general, en la vida, pero creo que lleva mucho tiempo entender las dinámicas de un país, de una ciudad… Normalmente paso dos o tres meses en cada misión. Al terminar veo todo lo que he hecho, pero siempre siento que aún quedan historias por contar. Por eso vuelvo, y cuando lo hago, ya me siento en casa, llego a un lugar conocido, y voy entrando en otros niveles de conocimiento. Es súper importante trabar una relación con la gente de la que quieres hablar y además, una persona no siempre cuenta lo mismo en una primera entrevista, cuando aún no la conoces de nada, que cuando ya la has visto varias veces, has visto su casa y su familia. Aquí, y en todas partes, las personas se pueden poner nerviosas contando su historia, o a veces, inventársela. Alguna gente miente para conseguir algo, y conocer el entorno, saber qué está pasando realmente no es ir a buscar entrecomillados que confirmen la historia que ya llevas en la cabeza. No. Hay que saber quién es, qué dice, qué relación tiene con el contexto… Por supuesto que me gustan las historias personales, pero cuando reflejan una realidad más compleja. Me interesa encajar las piezas.

¿Y cómo lo haces?
En el caso de Congo, por ejemplo. Hice algún trabajo sobre la violación de mujeres. Es un lugar conocido como la capital mundial de las violaciones, pero muchas veces nos centramos en lo más macabro, en los detalles más escabrosos, que son tremendos, pero que al final no sé si aportan mucho. No es solo un conflicto étnico, lo ventilamos así de rápido porque es la forma fácil de contar el conflicto, pero no es real. El papel de los cascos azules, de Naciones Unidas, que también han cometido violaciones, las empresas internacionales, quién está comprando y vendiendo allí… Hay que vincular todo esto. El fin del discurso sobre África es generar pena, puro sensacionalismo. Y eso, primero, es inútil, y, segundo, no es real. Nos sigue pareciendo que todo eso es ajeno a nosotros, nos hemos desvinculado de África de una forma falsa; estamos vendiendo armas, estamos vendiendo munición, estamos mandando a nuestros ejércitos… Decimos que es en nombre de la paz, de misiones de pacificación. Y no es verdad. De allí sacamos la mayor parte de nuestro bienestar, mucha parte viene de allí: el petróleo de España viene de Nigeria, el chocolate viene de Costa de Marfil, nuestros teléfonos móviles funcionan con el coltán de las minas de Congo… Por eso creo que hay que vincularlo todo, no aislar, porque es una manera de minimizar a los ciudadanos y a los países africanos, dibujarlos de esa manera, victimizarlos.

Para crear esos vínculos de los que hablas, tienes que relacionarte con esas personas y conocer a fondo su realidad, su día a día. A veces, son muy diferentes de los nuestros, y en alguna ocasión has comentado que te extrañaba cómo las mujeres de Indonesia, por ejemplo, no hablan entre ellas de sus problemas ¿Cómo haces, si no hablan entre ellas, para que te lo cuenten a ti, que además vienes de fuera? ¿Cómo te ganas su confianza?
Depende de los lugares. Con las africanas sí tengo un acceso privilegiado respecto a otros compañeros reporteros, que generalmente son hombres, porque a las mujeres se nos confían muchísimo más, y la mayoría de países africanos son mucho más abiertos. El caso de Indonesia es diferente, pero al final, en todos los sitios hay que pasar tiempo con ellas. No puedes llegar con el micrófono y empezar a hacer preguntas súper íntimas. Siempre pienso: “Si a mí me preguntaran esto, yo no respondería, entonces, ¿por qué esta mujer me tiene que responder?”. Hay que mantener el respeto, dejar claro que tiene que sentirse cómoda, que no toque los temas que no quiera tocar… Justamente, muchas veces ellas sienten que esas cosas que no pueden hablar en su comunidad pueden contárselas a alguien de fuera que no le supone un problema en su vida diaria. Es su manera de desahogarse y, quizá, sacar muchas preocupaciones que de otra forma no sacarían.

¿Qué piensas que esperan ellas de ti a la hora de hablar contigo? ¿Qué papel tienes para ellas? ¿Crees que les ayudas?
Como periodista, ellas no ven el resultado, pero a veces es casi una labor de psicóloga. A mí me apasiona la psicología, y está claro que cuando alguien ha vivido un trauma muy fuerte y no ha podido hablar, nadie le ha escuchado, ni siquiera ha podido expresarlo, es muchísimo más duro. Que, de repente, alguien les escuche atentamente y pase el tiempo, dos, tres horas… –en eso también soy lenta, dedico todo el tiempo que se necesite– ya no es el impacto mediático, que saben que no les va a cambiar nada. Pero es simplemente contar su historia, contar sus traumas, que nunca han contado antes.

Por el tipo de vivencias que han tenido, nos hacemos a la idea de que su historia es un drama comparada con la nuestra. Sin embargo, ¿qué cosas que consideras positivas nosotros no tenemos? Dicho de otra forma, ¿hay algo que envidiarles?
¡Por supuesto! Muchísimas cosas, todo lo que no sabemos. Cuando aquí hablamos de machismo, por ejemplo, tenemos la idea de que el hombre manda y es el que puede hacer lo que quiera. Pero cuando conoces a las mujeres congoleñas, empiezas a aprender todos los trucos que ellas tienen, todo lo “maligne”, que dicen en francés, lo astutas que son para hacer exactamente lo mismo que un hombre, pero llevándolo públicamente de otra forma. No veo que seamos tan distintas, obviamente, los sufrimientos en un contexto de guerra, la situación, es tremendo, pero a mí siempre me ha fascinado la capacidad de resistencia que tienen las mujeres de allí, y cómo se unen, los mecanismos que inventan para hacer frente a situaciones durísimas. A veces con humor, un sentido del humor terrible, estoy hablando de Congo, que es el caso más extremo, pero te das cuenta de cómo al final, en la situación más extrema, uno se inventa la manera de sobrepasarla. Yo no sé si son más o menos desgraciadas, no me gusta comparar, porque cada persona, en cada país… Cada una tiene sus mecanismos de defensa. Me gusta mucho esa manera que tienen de unirse y protegerse entre ellas.

¿Tienes alguna anécdota o vivencia que se te venga a la cabeza relacionada con esto?
Sí, tengo una, Masika, que es un gran referente para mí y murió hace poco. Su caso no es un ejemplo relacionado con el humor. Su historia es terrible; sufrió varias violaciones, mataron a su marido, le despedazaron… Tremendo. Creó la primera “maison de ecoute” (casa de escucha), donde recibía a las mujeres que habían pasado por algo similar a manos de los grupos armados. Era una casita de madera en medio de Minova, al lado del lago Kivu, y lo que hacía allí era recibirlas y escucharlas. Así crearon una especie de familia, porque además, a las mujeres violadas les sacan de su comunidad, las rechazan, así que formaron su propia comunidad entre ellas. Se unieron, trabajaban, vendían en el mercado y con el dinero que consiguieron compraron un trocito de campo para seguir cultivando y vendiendo.
También recuerdo a las mujeres del convoy de República Centroafricana, con las que pasamos cuatro días huyendo por un camino rodeado de milicianos. Nos emboscaron y mataron a una de ellas: Didiatu. En esos momentos tan duros, las cosas acaban siendo muy prácticas, no te sale el dolor hasta que llegas al final del camino. No nos damos cuenta de que la gente ni siquiera se enfrenta al estrés postraumático, allí siempre se dice: “No hay tiempo para las depresiones”, eso es como muy del norte.

En ese tipo de situaciones de riesgo extremo, tú eres una más, ¿corres el mismo peligro que ellas, o te sientes protegida por ser occidental?
Depende del caso, pero en una emboscada es exactamente lo mismo. Me acuerdo muchísimo de Mohamed, que en esa ocasión, me salvó. Debíamos de ser unos cuarenta o cincuenta en un camión abierto, de madera, y dos minutos antes yo estaba haciendo fotos subida a unas piezas que formaban una especie de podio con dos escalones que usábamos para subir y bajar del camión. Bajé un escalón, pero me sobresalía la cabeza. Empezaron a disparar y Mohamed me bajó la cabeza al suelo. Es difícil contar cómo se reacciona en una situación así, pero yo tenía el instinto de mirar quién estaba disparando, y él me mantuvo así en el suelo. En esas situaciones no hay distinción.

¿Quién era Mohamed? ¿qué relación tenía contigo?
Iba en el camión, éramos cincuenta, todos ahí hacinados. Los hombres son los que suben y bajan los paquetes del camión y él se encargaba un poco de controlarlo.

¿Era un convoy humanitario de ayuda?
No. En ese momento, en República Centroafricana, las milicias antibalaka iban haciendo una limpieza matando a todos los musulmanes. En Bangi, la capital, quedaban dos barrios donde estaban todos concentrados y les iban disparando a diario. Uno de esos barrios decidió salir, y se organizó con Naciones Unidas. Nos escoltaban militares pero eran unos 600 kilómetros y sabíamos que la mitad estaba tomada por antibalakas que les querían asesinar. Eran unos doce camiones, en total, cerca de 1.200 personas. Y la escolta era una broma, soldados ruandeses y congoleños, que estoy acostumbrada a verlos en la otra guerra… Pero su opción era quedarse en ese barrio y esperar a que los mataran, o tomar ese camino, que tenía mucho riesgo, pero les daba la oportunidad de pasar a un lugar un poquito más seguro. Lo habían perdido todo. Tenían una vida normal en Bangi hasta que
estallaron esas violencias, y se vieron en un campo, en la frontera con Chad, donde no había nada, ni comida ni nada. Desierto. Pasé cuatro días con ellos, cuatro días en que sucedieron muchísimas cosas. Todas las noches, cuando parábamos, hablábamos mucho, sobre todo con los chicos, que hablan más francés. Pasábamos veladas enteras hablando, y empiezas a entenderles. Decían: “Nos han echado. Han matado a nuestros hermanos. Pero vamos a volver, y vamos a volver armados”. Chicos jóvenes, civiles hace unos meses, probablemente hoy son milicianos, y tienen todos los números para que un grupo islamista radical –son musulmanes– los compre muy fácilmente. Tienen las razones, las ansias de venganza, y si les das dinero y una ideología, ya está. Nos fijamos en los conflictos en el momento punta, pero las cosas no salen de la nada, los conflictos son procesos muy largos que se han ido generando, fermentando, durante años, por muchísimas razones. Y hay razones externas e internas, normalmente.

A propósito de lo que podemos aprender de ellos, ¿qué cosas te traerías de Costa de Marfil, por ejemplo? Algo, material o no, que te gustaría que hubiera en España.
Hay un par de cosas que me gustan muchísimo. Una es la parte más comunitaria, cómo viven en comunidad: mientras aquí somos muy reduccionistas en el espacio, allí hay una manera de sentir la comunidad, la familia extensa, de cuidarse unos a otros… Es más ruidoso, lleva más trabajo quizá, porque dedicas mucho más tiempo a otra gente, pero es que esa otra gente te lo dedica también a ti. Me gusta mucho vivir en comunidad, creo que aporta muchísimo a todos compartir espacios, valores… Uno no puede hacerlo todo, y todo el mundo gana. Otra cosa que me gusta es el respeto que tienen por la gente mayor, por la gente con experiencia, que aquí se ha destrozado. Pienso en el ámbito familiar, en los abuelos, pero también en lo profesional. Aquí se está despreciando a gente que lleva años en la profesión, los jóvenes aportan frescura, pero también es importante que el veterano les den algunas claves. Yo, como periodista, he echado de menos esa conexión con los maestros. La forma en que allí se respeta la sabiduría es algo que deberíamos imitar. Y romper con ese individualismo, que creo que es muy duro.

Y al revés, ¿qué cosas de aquí te llevarías allí?
Ya llevamos demasiado, y no tendríamos que llevar tanto. Lo que me llevaría de aquí es la paz, claramente. A veces pensamos en cosas como la democracia…, pero otra cosa que deberíamos aprender de ellos es su forma de leer el mundo. Les tratamos de analfabetos y creemos que necesitan nuestras enseñanzas, pero ellos saben mucho mejor, entienden esas guerras, y saben que no son solo suyas, que esta materia, el cacao que están cultivando, va a acabar en Europa, y eso no lo sabemos nosotros, y nos empeñamos en decir que hay que llevar educación.
Me llevaría más cosas de allí aquí que de aquí allí, la verdad. Cuando me fui, quería entender lo que pasaba allí, había un montón de cosas que no entendía, y ahora, con los años, lo que no entiendo es lo que pasa aquí. Se me ha girado absolutamente, las preguntas vitales se me han cambiado.

De todo lo de aquí ¿qué es lo que más te llama la atención? ¿lo que menos te entra en la cabeza?
Sobre todo, la prepotencia y la ignorancia con que miramos el mundo. Nos creemos muy civilizados y no queremos aceptar nuestras propias crueldades y limitaciones.
Hablo tanto desde el punto de vista de la participación en otros conflictos en el mundo, de cómo basamos nuestro bienestar en esas guerras, pero también de dinámicas más clásicas, como los amiguismos que hay aquí, o el machismo. Nunca he querido hablar de feminismo, siempre que me preguntan ¿qué te supone ser mujer? contesto: “Yo qué sé, nunca he sido hombre, no puedo comparar, para mí es lo normal”. Pero luego ves cosas… Hace un par de años vine a una conferencia titulada “Mujeres y conflicto” y en el panel solo había hombres. Ya ni siquiera es un tema de machismo o feminismo, sino de sentido común.

¿Te parece que puede ser incluso más machista esto que aquello en algunas cosas?
Es también machista. Y me preocupa más, porque es el mundo del que vengo. Estos mismos que ejercen aquí ese tipo de machismo más “sutil” son los que hablan con mayor condescendencia del machismo de allí: “Cuando hablas con un líder musulmán y no te mira a los ojos…”. A mí, si un líder musulmán no me mira a los ojos, que me ha pasado, me da igual si me da la información que necesito. Son dinámicas internas, y cada uno tiene que luchar por las suyas. No voy a ir a decir a las mujeres del norte de Mali cómo tienen que comportarse. No, porque no conozco el contexto, no conozco su lucha, y al final, cada comunidad tiene su forma de luchar; más tranquila, más combativa, tardará más o menos, pero no creo que los cambios tengan que venir de fuera.

A propósito de las ventajas de la vida en comunidad de la que hablabas antes, alguna vez has hablado de que en muchos destinos has vivido en comunidades religiosas, de misioneros, aprovechando que ellos están en el mismo lugar en el que tú vas a trabajar. ¿Cómo es el día a día? Suena curioso, porque en Occidente no es un tipo de vida que goce de mucha popularidad, no es un mundo atractivo…
Y yo no soy religiosa.

¿Entonces?
Primero, son una institución muy importante, tanto en las zonas más remotas como en algunas ciudades. Pero además –alguna vez he bromeado con ellos– son como una comuna hippie; viven en comunidades grandes, de unas 10 o 15 personas y se reparten las tareas, cuidan su huerto, sus gallos, las tareas de la casa… Yo soy muy crítica con la institución religiosa, pero es que allí es otro concepto, están muy en contacto con la comunidad, porque la gente es muy creyente, y las casas están abiertas. La gente del pueblo entra, sale, es un lugar donde compartir con muchísima gente. Como cada rama de misioneros tiene casas en distintos lugares, para mí es como mi familia: “Ah, te vas a Coluyesi?, pues ahí tenemos al hermano…”. Me siento más segura con ellos, porque normalmente les respetan.

¿Cómo haces? ¿Les alquilas una habitación?
Claro. Unas comunidades piden un alquiler, otras no, pero normalmente es muy barato. Esa es otra razón muy importante, no puedo permitirme hoteles, uno no se lo imagina, pero los hoteles en África son muy caros, sobre todo en zonas de conflicto. No puedo pagar 50 o 100 dólares por una noche, y en las misiones es mucho más barato.

¿Ellos respetan tu ritmo de trabajo?
Sí, te acogen. Eres un poquito el bicho raro pero –y esta es otra razón– los misioneros normalmente están muy bien informados, escuchan la radio, si hay una tele en el pueblo es suya, ven el informativo, tienen muchísimos contactos por teléfono, cuando pasa algo, como un ataque en medio de un pueblecillo, son los primeros en saberlo. Hacen cuatro llamadas y se enteran de todo. Están muy bien conectados y es muy interesante hablar de política con ellos. Les encanta hablar, y lo hacen con mucho sentido del humor y sin estar directamente implicados, no es como hablar con un partido político. Son observadores privilegiados de la situación del país, tanto a primer nivel de comunidad, como a nivel político.
¿Qué es lo que te hace estar satisfecha de un trabajo? ¿Qué criterios tiene que cumplir un trabajo para que cuando lo termines te sientas orgullosa?
Me cuesta mucho estar satisfecha, siempre creo que faltan cosas, me falta tiempo… Me gustan mucho los relatos y creo que se les dedica muy poco espacio en los periódicos, sobre todo en España, y lo echo mucho de menos. Me quedé muy satisfecha con el reportaje de La guerra sin fin en Congo. Se publicó en domingo, todos esos espacios ya no existen pero me quedo satisfecha cuando puedo desarrollar mi manera de escribir, y eso es muy difícil ahora mismo.

¿Por qué?
Se tiende cada vez más a meter información de agencia y el estilo se vuelve más uniforme. Cuando empecé, hace diez años, podía desarrollar un estilo propio pero la evolución ha sido al revés: en lugar de permitir con los años un estilo más personal, poco a poco se va recortando. Escribes algo desde el terreno y te dicen: “Añadimos esto de agencia”. Está bien que añadan datos, pero el periodismo que a mí me gusta es agarrar de la mano al lector y que esté allí conmigo. La única forma de lograr que la gente venga es describirles, hacerles oler, sentir, generar esa empatía que solo se genera escribiendo una buena historia, no mediante datos de nombres raros y sitios desconectados entre sí.
Cuando estoy allí, van pasando las cosas y estoy en mi mundo, sin saber qué llega, cuándo y qué impacto tiene, así que también me siento muy satisfecha cuando una de mis historias llega a alguna persona.
Recuerdo un día, cuando el funeral de Mandela, que uno de los editores de la radio me llamó y me dijo: “Oye, ha llamado un oyente llorando, emocionado, contando que escuchó la crónica y se sintió como si estuviera allí, en el funeral”. Son tonterías pero, para mí, si ha llegado a una persona, si una de mis historias ha llegado a una sola persona, ya está hecho el trabajo, ya he conectado. Si son más, mejor. Pero si cambia algo en alguien, o genera algo en un lector, en un oyente, para mí el trabajo está hecho.

Respecto a los cambios cuando tu trabajo llega a la redacción, las cosas que te piden… ¿Cuál sería para ti el redactor jefe ideal?
Lo primero, que entiendan y respeten el lugar en el que estás. Hay muy buenos y muy malos jefes, como en todas partes, pero lo primero es tan básico como eso.
Una vez, salía del campo de Dada?, en una situación durísima, por una carretera muy peligrosa, y se me rompió el coche. Tenía que mandar nota, y llamé para
pedirles que me dieran más tiempo. Y me contestaron: “Tendrías que mandarlo en una hora, porque aquí estamos en cuadro, que son vacaciones”. Me quedé pensando si realmente me habían escuchado. Entiendo que eres periodista, me da igual que estés trabajando fuera o dentro de una redacción, estamos contando el mundo. Comprendo la situación de la redacción, pero estoy en un lugar peligroso, con el coche estropeado y no sé si me atacarán. Ahora mismo lo de la nota, con toda la responsabilidad, voy a mandarla, pero necesito que entiendan dónde estoy. Y que cuiden el trabajo. Se nota mucho. Espero que un editor lea mi trabajo, que lo corrija si hay errores, que lo mejore, porque esto es un trabajo de equipo. Yo estoy allí, pero los de la redacción tienen su función también. Pero a veces me han cambiado cosas y se han equivocado. Una dejadez…
El reportaje de La guerra sin fin, que ganó el Premio Joan Gomis, me lo editó Ramón Lobo, que me llamó y me preguntó cuatro cosas “¿esto de dónde sale? ¿y esto otro?”. Me lo corrigió. Lo cuidó, y sobre todo, se lo leyó.

¿Qué sabías de Miguel Gil antes de recibir este premio? ¿Lo conocías?
Sabía quién era desde la universidad, conocía su vida, y en muchos lugares de África, a lo largo de todos estos años, he oído hablar de Miguel a sus compañeros de la otra generación. Para mí siempre ha sido alguien muy especial, porque creo que compartimos mucho, me hubiera encantado conocerle, sobre todo por cómo habla la gente de él, cómo era como persona. Pienso que va íntimamente relacionado ser buena persona y ser buen periodista, no se puede ser mala persona y buen periodista. Quizá a nivel público se pueda ser reconocido, pero para mí son valores que van juntos, y Miguel siempre ha representado esto.

¿Recuerdas alguna de las cosas que te hayan contado de él?
Más que anécdotas, como vivía en Abidjan, la gente te pregunta: “¿Conocías a Miguel? Súper majo, súper buen tipo…”. No es que cuenten anécdotas porque, además, es gente de otra generación, pero se nota como una presencia que ha quedado allí y que recuerdan con una sonrisa. Por eso es tan especial este reconocimiento para mí. No todos los premios son iguales, y yo siempre había creído en este, porque creo en su filosofía, porque me gusta lo que he oído de Miguel, la manera que tenía de ejercer el periodismo, que para mí es, simplemente, la manera de ejercer el periodismo, no debería haber otra. Desgraciadamente, no es así, y está bien que se mantenga ese reducto como un garante, como un centinela del periodismo digno. Es un mundo súper cínico, especialmente en África a veces muy sensacionalista, y que se mantenga su espíritu ahí, vigilando, es importante.